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El Espacio, la Forma y los Niños

El mundo de los niños es completamente distinto al de los de adultos, no sólo por su escala física y relación con las cosas, sino también por el tiempo en donde todo acontece. Mientras que para el adulto “los días pasan volando”, para un niño el tiempo transcurre de manera muy distinta. Su tiempo es, de alguna manera, más profundo y rico. Para ellos un día puede ser una eternidad, lleno de aprendizajes y descubrimientos.


La sorpresa y la novedad son constantes en un niño. Su conexión con el habitar es muy profunda. Las cualidades del espacio y las formas representan un desafío y estímulo en su desarrollo y aprendizaje. Ellos tienen la capacidad y la libertad de explorar sin juicio, lo cual transforma el espacio en un campo de juego y acciones infinitas: pueden dar vuelta un par de sillas o tomar una sábana y armar un hermoso circo o nave espacial desplegando su imaginación (juego simbólico).


En función del estímulo creativo a partir de juegos, formas y espacios, el niño va adquiriendo conciencia y descubriendo posibilidades de su cuerpo: tracciona, salta, levanta, corre, trepa… Es el momento de su desarrollo, donde investiga sus posibilidades y adquiere el dominio de sí mismo y de las formas que los rodean.


En la medida que crecen, su mente va organizándose de tal manera que comienza a relacionar la forma con la función que cumple, hasta llegar a un punto donde el ¨para qué sirve¨ comienza a gobernar sobre esa forma. La vida se transforma en algo más concreto, más estructurado y con más límites. La creatividad del juego simbólico se reemplaza por un territorio mucho más tangible y la libre imaginación comienza a ser reemplazada por objetos con acciones perfectamente definidas. Así nos encontramos, por ejemplo, con juguetes de una sola función, que no solamente entretienen por un breve lapso de tiempo y luego se vuelven chatarra, sino que no estimulan la creatividad. Estas tramas que va tejiendo el sistema neuronal, conectando forma y función (sumado al fenómeno de la moda, al universo costumbrista y al concepto de belleza dominante) le quitan posibilidades al mundo de las formas y la interacción con ellas.


Diseñando escuelas, vinculándome también con la arquitectura orgánica y viajando mucho –sobre todo en Oriente– tuve la posibilidad de reflexionar e involucrarme profundamente con el habitar de adultos y de niños. La relación de los cuerpos con el espacio y la forma cambia completamente según la cultura y la edad, moldeando así la manera de pensar y de ser. Esto lo pude observar en los cuerpos de las personas: cuerpos habitados, conectados con la raíz –como se ve en culturas africanas o en culturas ancestrales de otros lugares del mundo– que contrastan con los cuerpos cansados, pensantes, intelectuales –separados de su conexión vital– que abundan en las ciudades cosmopolitas.


En un mundo donde el virtualismo, las pantallas, el sedentarismo y el miedo van apropiándose de los cuerpos, los espacios y las formas, los adultos tenemos la responsabilidad de brindarles a los niños, – esos exploradores profundos– recursos que les permitan explorar con todo su cuerpo, habitar la vida y lograr que sean protagonistas de su propia historia. Esto lo logramos creando los escenarios adecuados para que no sólo se desarrolle completamente su motricidad, sino también sus valores, su confianza, su valentía, sus talentos innatos, su sensibilidad y su sociabilización con el mundo. Es validando sus aprendizajes, respetando sus tiempos, animándolos a que se desplieguen con todo su cuerpo es que se transforman en su mejor versión.

Como diseñadores podemos beneficiar este proceso contribuyendo a que los niños desplieguen sus sentidos y aprendan a través de su experiencia, creando formas que favorezcan la exploración, recuperando texturas que vuelvan a despertar el sentido del tacto, desarrollando espacios que estimulen lo vincular y su propia creatividad; permitiéndoles resolver, pensar, imaginar y crear su propio juego.




Arq. Sebastián Cabral

Diseño Integral Consciente.

www.sebastiancabral.com

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